El hombre sabio comparte su mesa con ángeles y demonios.
El hombre sabio escucha la voz distinguiéndola del eco.
El hombre sabio es sabio, porque sabe de su ignorancia.
El hombre ignorante es simple, porque comprende la profundidad del cosmos.
Y el cosmos es infinitamente finito, apenas un minuto más largo que nuestra
propia vida.

Por eso en los días de ansiedad revisamos el cielo, inquietos. Apurados por
leer los mensajes de ese minuto que contiene todas las respuestas.



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