No tengo biógrafo. Probablemente no exista ningún motivo para que tenga uno. Se escriben biografías sobre gentes famosas, prohombres, promujeres. Personajes biografiables.
Asi es que yo no tengo biógrafo, probablemente no lo merezca. Supongo que ahorraríamos una nada despreciable cantidad de errores si tuviéramos un escriba a nuestro lado, detallando cada paso, cada momento, cada decisión de nuestra vida. Nuestro libro de cabecera sería nuestra propia biografía. Una colección excelsa, selecta de todos nuestros logros y pecados. Un panfleto publicitario para querernos más en los momentos de baja autoestima. Un affiche proselitista a la hora de presentarnos frente al espejo.
A pesar que el instante presente es nuestra única chance de conocernos, la gente se relaciona a través de la investigación del tiempo usado. Cuando dos personas se encuentran por primera vez, en lugar de establecer un hito único, específico, que marque ese instante que están viviendo, comienzan a bucear por el laberinto de datos que cada uno acarrea en su alforja: Qué pasó? Qué has hecho? Dónde has estado? De esa manera es que la gente se presenta a través de sus biografías. Dime qué has estudiado, en lugar de lo que estás pensando. Dime en qué has trabajado, en lugar de compartir este momento de ocio conmigo. Dime dónde has nacido, en lugar de vivir este ínfimo, exclusivo presente a mi lado.
Coleccionamos biografías, necesitamos esa base de datos para estar seguros de los demas, quizás para estar seguros aun de nosotros mismos. Pero yo, insisto, no tengo biógrafo. Ni siquiera sé si necesito uno. Menos aun podría afirmar que, en caso de necesitarlo, encontrara un voluntario.
Tal vez mi desprecio por la enciclopedización del tiempo provenga del hecho que debí haber nacido un 23 de enero, prolijamente muerto. Ajá, suena patético, pero asi me lo han contado, supongo que tanto para las felicitaciones como para las quejas debiéramos remitirnos a aquel ginecólogo que revisó circunstancialmente a mi madre dos semanas antes de la fecha del parto y concluyó, sin ayuda de aparatos, que el futuro yo se estaba ahorcando, ahi anidado en la fuente de la vida, aparentemente con escasa predisposición de abandonar el nido primal. Nonato sabio, en el último de los casos. Asi es como en la siguiente escena se la puede ver a mi madre en medio de una operación cesárea, trámite quirúrjico que los hombres minimalizan, a pesar de su carácter elevadamente traumático, tanto para la portadora como para el paquete. Pensemos en eso: Lo primero que vemos, al expandirse la luz, es la filosa hoja de un bisturí. A pesar que todos nuestros boletos de viaje nos prometían una excursión por el tunel de la vida y el amor, nos expulsan del tren, una mano de goma con olor a insecticida.
Los nacidos de cesárea sufrimos la mayor decepción de nuestras vidas ahi nomás, apenas la pelota comienza a girar, en posición adelantada tan, pero tan lejos del arco. Siempre tendremos contenida esa ansiedad sin usar, ese viaje que nos hemos perdido. Siquiera el habernos ahorrado esos interminables segundos de ahogo y presión nos podrá consolar. Casi lo logramos, mamá. Estuvimos tan cerca! Tampoco podemos decir: "Otra vez será". El único billete que nos queda es para el viaje de vuelta.
No, no tengo biografía porque no tengo biógrafo. Probablemente ni lo quiera.
D. Damian Singer, mayo del 2000