El concurso
Le sudaban las manos mientras escribía.
Garamond 14 y a doble espacio. Agrandar los márgenes, se decía. Que lo pequeño se vea grande. Esta vez no me van a ignorar.
Afuera la noche ya se había anochecido con su color de noche y su silencio de noche y su luna nocturna que apenas alumbraba por el pino y el smog y la nube con forma de pato y no sé si se puede llamar silencio a las sirenas de las ambulancias y los gritos de una vecina a punto del orgasmo y la televisión del apartamento de al lado tan fuerte que se transformaba en el silencio absoluto de la noche de Flores. Las noches de Buenos Aires que tienen mas sonidos que los mediodías tibetanos. La luna y bla bla y la vecina, y ya!, no podía seguir con eso, cerró la ventana enfurecido y borró lo del mediodía tibetano. Parado frente al monitor sentía el sudor tardío de marzo presionándolo a borrar todo. Esta vez tiene que ser, susurraba para sí. Eran mas de las once y no había cenado.
Se sirvió un vaso colosal de Pepsi. Se sentó casi parsimoniosamente, tratando de aparentar calma, calma para sí mismo, disimular. Levantó los dedos con el sigilo de una batuta despegando del atril y dejó llover sus yemas sobre el teclado en un concierto pausado y grácil, sensible y a la vez poderoso, letras combinándose in-crescendo hasta sumirse en la magia de un primer movimiento rítmico y audaz.
Estaba escribiendo.
Vaya a saber cuándo había apagado la tele el vecino que probablemente se llamaba Cosme, o vendía cosméticos o trabajaba en el Argerich o no sé, alguna vez había dicho algo en el ascensor pero qué me importa de ese pelado, yo esta vez voy a ganar, como sea. Como de lugar.
Se sacudió el pelo y se apartó la distracción como a una mosca no clasificada. Estaba cerca de su gran finale y eran casi las tres y ya debe haber cerrado la pizzería y ya está. Puso título. Revisó la ortografía. Contó las líneas. Ya está. La Pepsi caliente y aguada le sabía a champán.
Entró en la oficina como arrojado por una catapulta, a pesar que quería ser discreto, que no se note lo tarde que había llegado. Campagnoli lo miró con un relativo asco.
- Al menos podrías haberte afeitado, el ruso ya preguntó por vos.
- Que se vaya a cagar.
Se sentó y buscó un sobre grande sin logo en el segundo cajón. Todavía le quedaban de la última vez. Y la anterior. Y la anterior también. Se quedó asi un instante mirando el cajón abierto y recordando uno por uno los sobres que de ahi salieron. El amor con que había lamido esas estampillas. La mirada de padre emocionado viendo a sus hijos entrando al buzón.
Hizo un bollo con el sobre y lo tiró a la basura. Sacó todos los sobres del maldito cajón y los fue destruyendo de a uno, sobres de mierda, fueron los sobres, estoy seguro. Esta vez no me van a cagar.
- Estelita, no tendrás un sobre grande sin membrete?, dijo girando, poniendo su mejor cara de pedir un sobre sin membrete.
Estela lo miró apagada y casi que abría la boca para contestarle pero no. Tras un breve titubeo sacó un sobre igualito a los que Álvaro acababa de destruir y se lo dió.
- Gracias linda, le dijo, sin mirarla. En la frente de Estela se podía leer claramente: Andate a la puta que te parió.
Metió el cuento en el sobre y el sobre aparte con sus datos, de esos tenía una docena preparados. Es llamativo que no se le ocurriera destruirlos también. Escribió: “Para el Premio Literario Ciudad de Buenos Aires” y copió cuidadosamente la dirección. Lo puso en su portafolios y sintió un estremecimiento y el sudor le manaba y fue rápido al baño y vomitó.
Cuando salió se cruzó con Cielinski.
- Escuchame, alguna semana me podrías dar el gusto y llegar todos los dias a las nueve?
- Lo siento, me sentía mal cuando me levanté, casi llamo para decir que no vengo.
- Si te sentís como te ves mejor andá a un médico. Pero antes revisa la carta de Polmenide, que no quieren comprar la instalación completa. Fijate si podés achicar un poco los plazos. Y limpiate la pera, que es eso? Vomitaste?
- Sí, ya le dije que me siento mal.
- Bueno, está bien. Andate mas temprano hoy, pero hacé antes lo de Polmenide, que quiero cerrarlo esta semana.
Se metió en la cocinita y se limpió la cara. Dominate, macho, dominate. Esta vez la vas a ganar.
Salió a la una y la ciudad lo esperaba con un infierno. Cruzó Diagonal Norte y decidió irse a pié hasta el Correo Central, con la antediluviana creencia que desde alli las cartas llegan mas rápido. Faltaban dos semanas para la fecha de cierre y cuatro meses y medio para que se expida el jurado y que no se soportan esas esperas y no importa, que llegue mas rápido, tal vez ya los estén leyendo, seguro los leen antes, tres copias. Llega antes y lo leen primero.
En Corrientes y Esmeralda se cruzó a Rodrigo que venía caminando apurado.
- Uh, vas a comer? Esperame, yo ya vengo, tengo que llevar...
- No, me voy a casa, no, voy para el correo, no, bueno, no sé, donde te encuentro?
- Aca, esperá, no, vas al correo? Uh, debe haber cola, bueno, no sé... aca, dentro de diez minutos, sí? Ah no, bueno, no sé... aca, dentro de veinte minutos, sí?
- Okey, no sé, sí, bueno.
- Bueno.
Se fue Corrientes abajo plenamente conciente que el lenguaje porteño estaba gravemente enfermo. Él se contagiaba cuando hablaba con Rodrigo, siempre estaba asi como con las frases a medio decir, como si la falta de vocabulario fuera tan grande que le impedía la comunicación mas básica. Lo veía menos a Rodrigo, le daba lástima, hacía unos tres meses ya que la había visto a Silvia apretando con un tipo en la plaza Flores, ella no lo vió pero él sí se la quedó mirando, el tipo le comía la boca y le apretaba una teta y la verdad que nunca se había dado cuenta que Silvia estaba tan buena y no podía contarle a Rodrigo, que estaba tan contento con la boda y el departamento y todo, por suerte ya no trabajaban juntos y solo se lo cruzaba y comían de vez en cuando y la verdad que está buena Silvia.
En el correo había un travesti altísimo en la cola delante de él.
Mandó la carta certificada y nadie se dió cuenta que estaba rezando mientras la entregaba, parecía Carl Malone antes de tirar una falta.
Con esa imagen cruzó Alem mirando la ciudad desde abajo.
Se lo encontró a Rodrigo de casualidad porque se había olvidado de la comida. Ahi estaba con cara de niño bueno y dos Launcheon Tickets en la mano. Cruzaron la avenida y se metieron en un lugar chiquito lleno de oficinistas comiendo tostados. Álvaro se puso a hablar de la NBA hace unos años, se entusiasmó y logró olvidarse por casi una hora de toda su vida y de sí mismo, los dos balbuceaban y reían distendidos y era martes y una semana mas tarde comieron en el mismo lugar, solo que en la noche había llovido y ya el otoño parece otoño y eso siempre está bien.
A la semana siguiente dejó de dormir. Daba vueltas por el departamento y escuchaba todo el silencio y bostezaba hasta que se le desencajaba la mandíbula, pero no dormía ni media hora corrida. Se levantaba y chocaba con los muebles camino a la heladera, pero no sé por qué casi ni encendía las luces, no se lo veía bien. Había vencido el plazo de recepción de obras y el invierno sería larguísimo.
A la medianoche lo llamó Andrea. Se le sentía el olor a llanto por el auricular, pero le dijo que estaba bien. Se disculpó por llamarlo tan tarde y le dijo algo mas y él ni le prestaba atención porque también se la quería cojer. Dijeron unas tres o cuatro veces sí sí y no no y se cambió y paró un taxi en Rivadavia y Carabobo y pasó la noche del viernes con ella. Hablaron poco pero se mimaron y les hizo bien. Él se fue antes del mediodía y me quedé de nuevo sola.
No sé que me pasa con esta soledad y estas plantas y este bluejean y este departamento. Siempre me arreglé para pasarla bien, será verdad que ando con la crisis de los treinta? Crisis de los cuarenta, pero adelantada diez años. Crisis de miedo a esta ciudad y tengo arrugas, patas de gallo.
- Susy, estás ocupada? Tenés ganas de tomar unos mates?
Lo que decía Susana no se podía escuchar porque el pelo de Andrea tapaba el tubo.
- Bueno, voy para tu casa, en media hora estoy sí?
Se fue a bañar con ese estigma agridulce que le dejaba el polvo mensual con Álvaro. Pero era mejor esto que vivir con él.
Afuera dos gatos hablaban algo en gato. Ella no los escuchó, pero en cierta forma, hablaban de ella.
Álvaro en tanto caminaba rumbo a Santa Fé, iba a tomar el subte D y a comer algo y podría visitar a Marcelo que estoy a dos cuadras de la casa, sí, voy a verlo al Marcelo. Era feliz cuando estaba en Palermo, a pesar de todo lo que eso representaba. Se olvidaba de muchas cosas cuando estaba por esas veredas, apañado por los árboles y esquivando soretes caninos. Le tocó timbre a Marcelo y lo sacó de la ducha y tomaron café y le contó.
- Debiera ser al revés, dijo Marcelo. Aca dejaste muchos recuerdos.
- También muchos olvidos. Estuve con Andrea anoche.
- Siguen asi ustedes? Marta la encontró el otro dia, me dijo que la vió mas o menos, como la viste vos?
Y hablaron como dos mujeres que analizan amoríos infructuosos. Al rato llegó Marta y Marcelo la besó y hablaban entre ellos y era lindo verlos, como si fuera algo que daban en la televisión, fueron solo cinco o seis minutos pero Álvaro se dió cuenta que tenía 32 años y vivía solo en un departamento alquilado y como si hubiese entrado de repente por la ventana un viento que le decía: Tu trabajo no te gusta, todo te va aburriendo de a poco, hacé algo.
- Qué querés que haga?
- Que no preguntes, ante todo. Hacé algo, no pienses qué tenés que hacer, simplemente hacelo.
Le dió un impulso de irse y se fue.
No, antes de irse hablaron un poco (no era la primera vez que sucedía la escena y evidentemente a Marcelo y Marta les daba cosa, a veces ni se tocaban hasta que Álvaro se iba y apenas cerraban la puerta se besaban largamente. En verdad que eran una pareja lindísima). Marta dijo algo acerca de la presentación de un libro que quería ir y Álvaro no se contuvo y dijo:
- Mandé un cuento al concurso de la municipalidad.
M y M se cruzaron una mirada rapidísima, como dudando si decir algo o no. Era la primera vez en casi dos años que escuchaban que Álvaro pronuncie la palabra prohibida.
- Estás mandando cosas a concursos? No habías contado nada, dijo Marta, lo dijo de una forma que se arrepintió, porque en vez de “nada” le salió “naaaada”, como estirando demasiado esa “a”, una “a” de “alto ahi”, una “a” de “alerta alvarito”, una “a” de “advertencia”, de “ay ay ay”.
- No, se me dió por mandar a este, nomás.
Ahi fue que le dió el impulso de irse. Le estaba mintiendo a sus amigos, los amigos de toda la vida. Palermo había perdido su fuerza amnésica y le golpearon en la memoria los años de sufrimiento, terapia, separación, locura. Se acordó que se tuvo que mudar cuando la vecina de abajo recibió el monitor de 14” en su balcón. Qué escándalo que hizo.
Se fue.
Marcelo y Marta se besaron.
- Volvé con él, sentenció Susy.
- Estás loca? Siempre me dijiste que fue la mejor decisión que pude haber tomado.
- Pero hoy cambié de opinión.
- Por qué?
- Porque estás cansada de no estar con él. Mas cansada de lo cansada que estabas de estar con él.
Las dos hicieron un silencio pequeño, como para que pase mas fácil la frase. Estaba complicada.
- No sé. Tal vez estoy cansada de estar sola, pero no sé si quiero vivir con él.
- Y él quiere vivir con vos?
Andrea no supo contestar a eso. Nunca le había preguntado a Álvaro. Eso nadie se lo preguntó. Siquiera el viento. O tal vez sí. Caminaba como poseído, hacía tres dias que había terminado la recepción de obras y la espera se hará insoportable. Por la vereda de enfrente iba Facundo con un problema gravísimo, pero Álvaro ni lo miró porque es un personaje de otro cuento y no se conocían.
Susana cebaba mates con la mano derecha, agarrando la pava con cuatro dedos, con la palma hacia arriba, no era gran cosa pero Andrea se deleitó un instante admirando ese arte cuasi gauchesco. Pensó que tal vez se quemaba un poco el meñique haciendo esa acrobacia, pero se aguantaba el dolor porque sabía que era agradable mirarla.
En abril siempre se dan esos silencios porteños de media tarde, donde todos saben que por delante espera el invierno y que por un motivo u otro, será largo largo. Ninguno de nuestros personajes pensaba en esto, pero yo sí lo pienso.
Esa noche llovió un poco y luego pasó todo el invierno.
Salieron del ascensor casi sin saludarse. Álvaro notó que fue un error decirle “buenas tardes Cosme”, el pelado lo miró muy sorprendido y se apuró a entrar en su casa y evidentemente no se llama Cosme. Antes que llegó a sacar la llave de la puerta salió del apartamento de al lado la esposa de Ruben llorando y le dijo que se le había muerto el perro y no sabía qué hacer.
Flores es un barrio.
Después la abrazó para consolarla y le acarició el muslo levantándole la falda y ella le mordió el cuello y lo hicieron ahi en el piso de la sala al lado del cadaver de Sultán.
No, no, era broma. El perro siquiera se llamaba Sultán. Él nomás le pidió una bolsa y ella se metió en el dormitorio mientras Álvaro cumplia con el oficio fúnebre. Se sentía raro bajando por el ascensor con el occiso. Pero cuando llegó al compactador de basura se dió cuenta que es bastante fácil sacar un cuerpo de una casa sin ser visto.
Sí pensó que Ruben la pasaría bien en las noches. Subió pensando en Ruben y su esposa. Ahi se percató que hacía tres meses que no lo llamaba Andrea.
A él le daba miedo llamarla y que lo atienda un tipo. Le era mas cómodo pensar que eso jamás iba a ocurrir, a pesar que era obvio y natural que suceda. Si lo dejó de llamar seguro que es porque está con otro. Y tal vez mejor asi. Le daba celos la idea pero también le deseaba lo mejor, y en el fondo sabía que él no era lo mejor para ella.
Pero la verdad es que cuando Marta le contó a Andrea lo del concurso ella decidió no llamarlo mas. Y pasó el invierno muy sola y lloró mucho y recordó escenas de concursos pasados, los ataques de ira, la demencia de su obsesión. Fue como vivir con un adicto, y a pesar que años mas tarde terminó juntada con un cocainómano, en ese momento dejar de llamarlo le pareció una buena decisión.
Álvaro no sabía que Marta era tan chusma. Y como casi no vió a nadie ese invierno (solo a Rodrigo de vez en cuando y a su tio Felipe) no sabía que todos los pocos amigos del pasado estaban con los pelos de punta y mas de un viernes de charla y vino habían reflotado ese tema recurrente.
Todos tuvimos alguna vez un amigo que enloqueció.
Cuando por fin entró al apartamento le pareció que ya era otro dia y el corazón le comenzó a latir con fuerza. Mañana es el veredicto, pensó. No, no lo pensó: Lo sintió. Había estado muy correcto todas las últimas semanas, y hasta algunas noches las pudo dormir enteras. Hacía de cuenta que el calendario no existía, como el mes de cumpleaños cuando se van a cumplir cuarenta. Hasta había mejorado en el trabajo y de la misma manera que no sabía que el ruso estaba pensando en echarlo, tampoco se enteró que ahora estaba mas conforme y había decidido darle unos meses mas.
Todo eso hasta que cruzó la puerta. Apenas creyó que hoy era mañana y mañana pasado, le empezó a latir el ojo derecho. Esta vez gano, conchudos. Casi temblando se fue hacia la cama y se recostó sacándose los zapatos, el izquierdo con el pie derecho y el derecho con la punta de un pulgar que ya era hora de recortarle la uña, como se nota que duerme solo este hombre. Pero él lo hacía automaticamente porque sus ojos no parpadeaban y miraba el techo y podía ver el escenario del Presidente Alvear iluminado y al intendente y a una secretaria que estaba fuertísima y él acercándose sonriente camino a la plaqueta, los 25,000 pesos y el micrófono y el apluso y el gran momento por fin, esta vez sí, para vos mi amor que pensaste que estaba loco y para la psicóloga pelotuda que me dijo que no siga escribiendo y para ustedes, compatriotas y para mi madre y se puso a llorar y estaba emocionado de verdad y feliz viendo las luces en el techo.
Después se durmió.
Se despertó después de la medianoche y le pasó de todo, pero puras cosas domésticas (volcaduras de café, cortecito al afeitarse, se quemó el foco de la lámpara y hasta escuchó cómo asaltaban a una pareja en la vereda de enfrente – calladita que te quemo, calladita que te quemo). Después lo perdí de vista un rato y recién en la oficina se enteró que hoy era hoy y recién mañana sería mañana y cuando salió mientras cruzaba desde la puerta del edificio de Ámbito Financiero para el banco casi lo atropella un taxi y le dió una trompada en el capot y el tachero (que se llama Martín y es un pibe buenísimo, vive en Caseros y la esposa está de cinco meses) se fue despavorido porque el tipo ese estaba loco, usted le vió los ojos? Esos no eran ojos de un tipo normal, usted lo vio?
Esa tarde llamó a la Secretaría de Cultura de la municipalidad, pero no lo atendió nadie. Entonces fue al almacén y compro un pedazo de queso Chubut y unas criollitas y detergente que no tenía y unas salchichas y dos botellas de ginebra Bols, que era lo único que realmente quería y se bajó una casi entera y vomitó la vida y se durmió con los zapatos puestos. Todavía tenía las uñas largas.
Recién a media mañana del dia siguiente lo atendió un muchacho muy simpático que le dijo que no habría acto ni Presidente Alvear ni nada por el estilo y que se había aplazado el veredicto por una semana. Siguió trabajando y salió caminando lento y fue a un kiosko y compró Le Mans suaves y desde ese dia volvió a fumar.
A la semana siguiente Marcelo decidió comprar el Clarín en lugar del Página 12 (a veces le daba), le encantaban esas mañanas que no trabajaba y se servía unos desayunos propios de una publicidad de Bagley y parecía el único porteño feliz del año. En verdad lo era. Y se leyó el diario de punta a punta y cuando terminó de leer la lista de ganadores y menciones del Premio Literario Ciudad de Buenos Aires se levantó a buscar en la agenda el teléfono del trabajo de Álvaro, que estaba seguro que lo tenía. Lo atendió una mujer (era Estela que había adelgazado justamente en invierno) y le dijo que Álvaro no había ido a trabajar y en la casa no atendía nadie y casi que se desesperó. Después creyó que era un mal amigo por estar pensando asi y agarró un suplemento del diario y se fue al baño.
María Marta lloraba silenciosamente, le dolían los brazos de una manera terrible. Harían cinco o seis horas que estaba atada. El teléfono había sonado ya dos veces y ella tenía la esperanza que alguien se alarme y fuera a ver si estaba bien. Era la primera vez en mas de diez años que extrañaba a Alberto. Sí, no lo quería, no lo soportaba, todo lo que quieran, pero en ese momento le hubiera gustado tener un hombre en la casa que le pegue a ese loco del cuchillo y le ponga fin a esta pesadilla, si yo ni quería ser jurado en el concurso, para qué habré aceptado.
Me va a matar, tiene los ojos de un loco.
Él la miro casi calmado. Hacía dos horas que se le acercaba a hablarle, abría la boca, no decía nada, cerraba la boca, se alejaba despacio. Le gritaba:
- Puta de mierda!
Y pateaba alguna silla o algo. Porque ya no quedaba lo que patear. Se le acercó de nuevo:
- Por qué no elegiste mi cuento, guacha!? Hablá!!
María Marta lloraba y con ella las fotos con su cara sonriente en la biblioteca que albergaba toda su obra.
- Por favor, no me haga nada! Ya le dije, nos dieron los cuentos recién hace diez dias y nos dijeron que leamos algunos nomás, uno de cada cinco. No quise hacerlo, pero no tuve otra!
- Mentira!! Mentís, mierda, decí la verdad!! Por qué no me elegiste!!?
En fin, la escena es larga y violenta, como imaginarán.
En resumen, por qué mentís, no señor por favor, habla guacha pum paf (las pobres sillas), no ay no y sí, al final la ensartó. En verdad fue como sin querer, le quiso dar una trompada en el estómago, se había olvidado que tenía un cuchillo de cocina en la mano y se lo enterró en el bazo. En el momento se impresionó, pero después le gustó la sangre o le pareció excitante, la cuestión es que le enterró el cuchillo de nuevo hasta el mango en el hígado y la abrió hacia arriba, como De Niro en El Padrino, esa es la imagen que tenía en la cabeza mientras mataba a la muerta (porque del primer puntazo ya estaba muerta).
Después robó un sobretodo de hombre que encontró en el ropero y le tapaba la ropa roja como delantal de carnicero y se fue para la calle dudando si seguir a la casa del próximo jurado o irse a la suya y matarse.
Eso es todo lo que se sabe de Roberto Sánchez. La policía nunca lo encontró, porque fueron y arrestaron al pobre Álvaro, que estaba en plena ceremonia de ginebra y depresión y a pesar que no encontraron ni arma ni indicio alguno lo metieron en la carcel de Devoto por el asesinato de María Marta Paredes y todo por la denuncia de su ex-mujer y ex-amante, que se suponía que alguna vez lo quiso tanto.
Injusticias de los concursos.