Lucía
Ay, Lucía.
A veces se sentaba con Viviana en un banco del Sunset Park, sobre la 44th, se sentaban allí durante horas casi hasta el atardecer. A veces ni hablaban. Viviana había llegado de Chile hacía mas de tres años, buscando un novio que la había abandonado y que jamás volvió a ver. Se sentía extranjera aun en esa casa donde vivían, todas las demás chicas eran portoriqueñas. A ella no la querían: Muy formal, algo pedante. Restos de alguna heredada categoría, siempre le habían dicho en la casa que era parecida a su tia Lucrecia, y en verdad lo era. Lucrecia, por cierto, se había casado con un oficial de marina que llegó a vicealmirante y gozaron de muy buena vida en Valparaiso en los años 70 y 80. Ahora será una vieja decrépita y amargada, se consolaba Viviana, que siempre detestó ese parecido y esa tia, todo esto mientras veía las manos diestras del vendedor de helados apenas asomando de la furgoneta rosada al lado de ellas.
- Quieres un aiscrim?
- No chica, gracias.
Lucía ya no miraba a los ojos de las personas cuando hablaba, pero ella no se había percatado del hecho. Siempre estaba mirando o hacia abajo o hacia un costado.
Casi un año había pasado desde que llegó a la casa de su primo Héctor, en la 53rd casi esquina con la 5th Av., para aprender inglés y para olvidar Humacao. Pobre Lucía, qué tonta fue. Había llegado un lunes de otoño, con un vestido verde clarito, de flores blancas, se murió de frío mientras esperaba un taxi en el aeropuerto de Newark, porque Héctor no la fue a buscar, ella pensó que estaría trabajando. “- Héctor trabaja mucho” le había dicho su mamá, y ella asi lo creía porque su tia Hilda recibía buen dinero de él cada dos o tres meses, cuántas navidades se convertía en tema exclusivo de conversación el éxito de Héctor en Nueva York, qué bien le va, qué suerte tienes Hilda.
Lástima que nunca te escriba.
Ese lunes de octubre sí que había sido un mal dia. Se enfermó, estuvo con un catarro horrible que le duró toda la semana. Por suerte Arnoldo y el que se hacía llamar El Chino la dejaron quedarse en el departamento, pero eso era un aguantadero espantoso, le daba miedo, eran puros hombres los que desfilaban por ahi y no tenían el mas mínimo recato de enseñar armas y navajas, ni mucho menos de dejar abierta la puerta del excusado cuando iban a orinar. Mas de una vez alguno giraba, con la bragueta abierta, y le sacudían la verga diciéndole alguna obsenidad. Entonces Arnoldo intervenía:
- Guarda esa mierda, hijueputa, o te la corto.
- Qué le pasa a usté? Ni que fuera su hermana, decía el malandro de turno, guardando prontamente el material incriminatorio.
- Es la prima del Héctor, y nadie le toca un pelo.
Nadie menos él. A la semana le abrió la puerta de la habitación de una patada, Lucía despertó dando un salto, gritó, pero Arnoldo estaba como fuera de sí, respiraba durísimo y la sujetó fuerte del cabello, le tocó de un solo movimiento y en un solo instante todos sus pelos negros y lacios, le dio dos cachetadas muy sonoras, sosteniéndola asi en vilo de los pelos como si fuera una marioneta, una bella marioneta morena con los pómulos suaves y redondos, arrojó su cabeza contra la almohada y ahi mismo sobre la cama que había sido de Héctor le rompió la pantaleta azul marino que le había regalado Aída, su amiga de toda la vida, le gritó “- Cállate puta!” y se la cojió.
Lo raro vino después (porque la violación no tuvo nada de rara, fue algo asqueroso y hasta previsible cuando una chica tan linda vive rodeada de cocainómanos), Arnoldo lo hizo muy rápido y muy fuerte y no disfrutó ni un segundo, porque los ojos de esa niña ya no lagrimeaban ni lo miraban ni expresaban nada, sólo un dolor frio, mirando al costado, dejando de oponer resistencia. Entonces Arnoldo se levantó, trajo agua y mojó una franela y le limpió la cara y el vientre y las piernas, no le dijo nada y cerró la puerta y se fue a su cuarto y rompió una mesa y de alguna manera tanto él como ella se durmieron hasta que al mediodía llegó El Chino con Pacheco y El Matón. Le contaron algo a él y Lucía lo oyó mentar la madre y golpear la pared y luego un inmenso silencio y un golpear discreto en su puerta.
- Tu debieras irte de aqui hoy mismo, le dijo Viviana, aun siguiendo con la vista las manos del heladero y su concierto de chocolate, pistacho y vainilla.
- Si me trato de ir, me matan.
- No, no es cierto. Si no puedes volverte a tu casa al menos vete de aqui, vete al Barrio, alli hay una iglesia que ayuda.
- Y por qué no vas tu?, preguntó Lucía, que ahora también miraba hacia el carro rosado mientras se sentía juzgada por su amiga.
- Porque yo me voy a quedar aqui, El Matón me prometió que me saca de la calle antes del invierno.
Lucía miró hacia el otro lado. A ella le habían prometido que nunca iría a la calle.
Viviana no se había asombrado por el cuento de la noche anterior en el Sheraton. Ella le contó que una vez la levantó un tipo cerca de Matawan, y la llevó a una casa pequeña en las afueras, muy bonita, y trabajó normalmente pero cuando terminó y fue al baño, al salir la esperaban otros tres amigos del tipo, que habían filmado todo y ahora querían mostrarle el video y que les haga una francesa a cada uno. Ella dijo que cómo no, 250 dólares los tres. Entonces el dueño de casa la agarró por detrás y le dijo noway y le quiso doblar las piernas con un golpe de su rodilla. Ella dijo okey okey y cuando el tipo la soltó sacó un destornillador de su cartera y se lo clavó por sobre la rodilla, con toda la fuerza y la furia. Cuando otro de los tipos se le abalanzó, desclavó el destornillador y se lo incrustó en el cuello, y entre el sangrero y los gritos se escabulló rapidamente hasta ganar la ruta 2 y llegar de alguna manera hasta cerca de Keyport, asi manchada de sangre y a medio vestir. La recogió un camionero que se llamaba Steven y la trató muy bien, la llevó hasta Staten Island, frenó el camión en un sitio donde la ayudó a limpiarse y adecentarse, le convidó café y un sandwich y la dejó con la sensación que no todos los hombres del mundo eran una mierda.
Cuando Lucía decidió ir a New York lo hizo algo desprolijamente. Desde que había terminado el liceo trabajó casi tres años en una tienda de ropa en el centro comercial Humacao Plaza y había ahorrado algo de dinero. Tenía un novio, el único después de Alex, que siempre fue bueno con ella, muy atento y respetuoso. Su mamá lo adoraba. Sin embargo había enfermado, hepatitis C, y luego de cuatro meses le pidió terminar la relación. Ella no podía sencillamente dejarlo, aunque él se lo pida, se hubiera sentido un ser humano miserable. Entonces decidió escribirle a su primo Héctor, a quien no veía desde que tenía quince años, avisándole que llegaría en dos semanas a Nueva York.. En su casa la noticia fue un escándalo, Lucía hizo todo muy rápido y muy mal. La mamá se enojó tanto que le dijo que si se iba a las corridas que no se le ocurra después volver llorando.
Cada vez que se acordaba de eso se ponía a llorar.
Cómo pudo viajar sin esperar respuesta de Héctor? Cómo pudo ser tan tonta? Apenas llegó al departamento se encontró con Arnoldo, que le explicó con poca paciencia que Héctor y él eran como hermanos y por eso le estaba enviando dinero a la tia Hilda como lo hacía Héctor antes de ir a prisión. De alguna manera todas estas cosas pasaban como una cinta por la parte interior de la frente de Lucía mientras esos suaves toques de puerta precedían la noticia inevitable:
- Lucía, abre, por favor.
- Está sin llave, usted ya sabe.
Arnoldo entró despacio, sosteniendo la puerta porque en su entrada de la noche le había roto una bisagra. Lucía estaba tal cual como la había dejado, pero se notaba que amaneció llorando. Arnoldo era, sin dudas, un criminal violento y peligroso, pero en ese momento se veía como un niño herido, un inmenso niño de casi treinta años con heridas secas en la piel y en el corazón.
- Lucía, perdona por lo de anoche. Estoy avergonzado. Por favor perdona porque tengo que darte una mala noticia.
Lucía no lo miro. Se pegó con la espalda hacia la pared y recogió sus piernas, abrazando sus rodillas. Arnoldo prosiguió:
- Mataron al Héctor en la cárcel. Tres italianos de mierda.
Ella no se movía, la vista fija en sus propios pies. Una lágrima le inundó todo el párpado inferior pero no llegó a caer.
Ese dia hubo mas movimiento del habitual. Lucía no se mostraba ni hacía ruido y por primera vez desde que había llegado, los hombres la ignoraban. Hacia el atardecer todos se fueron, luego de cargar armas y gritar nombres de calles y lugares. Ella aprovechó ese primer momento de soledad para bañarse y llorar largamente su desconsuelo. Ninguna buena mujer abandona al hombre que ama porque esté enfermo. Ella se merecía todo lo que le había pasado y mucho más. Luego de vestirse y arreglarse se sentó en la cama de su cuarto, el cuarto de Héctor, se sentó a esperar a Arnoldo y decirle que ella sólo lo tenía a él en todo Nueva York y no quería que nadie sepa todo lo que había pasado en esa semana y no volvería a Humacao ni contaría jamás la verdad sobre su primo y algunas cuantas cosas mas pensó, pero fue en vano porque Arnoldo jamás volvió de ese enfrentamiento con los italianos en Red Hook y la única persona que volvió esa noche a hablarle fue El Matón.
- Empaca lo tuyo y ponte un abrigo, tu te vienes conmigo.
- Dónde está Arnoldo?
- Que qué?
El Matón tenía una mirada que hacía honor a su nombre. Lucía sintió que era inminente que le pegue y aterrorizada decidió no hacer más preguntas, metió las cosas en su maleta y se preparó para salir. Dos hombres más entraron en el apartamento, cargaron algunas cosas en un bolso y sacaron un maletín del cuarto de Arnoldo. Nadie hablaba pero todos se veían muy nerviosos. A los diez minutos los cuatro bajaban la escalera en fila india, afuera llovía, pero poco.
Los hombres se montaron a un carro, un Taunus que estaba mal estacionado. Lucía puso una mano en la puerta pero la mano de El Matón se posó sobre la de ella.
- Tu vienes conmigo.
Cargó su maleta y empezó a caminar rumbo a la esquina. Lucía vaciló un instante, comenzó a seguirlo, acomodándose el morral, mirando de reojo a los dos hombres que guardaban prontamente el maletín de Arnoldo en el carro mal estacionado y la miraban de reojo también. Uno de ellos era Jimmy Arévalos. El otro, aunque parezca mentira, era un policía encubierto, pero eso no lo sabría nadie hasta dentro de dos años y medio. Lucía nunca volvió a verlo.
Caminó a cinco metros por detrás de El Matón, medio bloque hasta la 5th Av. y después seguirlo y ya. Tomaba conciencia que casi no había salido de ese apartamento desde que llegó. Sospechó de sí misma, tal vez estaba loca, habría enloquecido en algún momento que le costaba identificar. Solo asi podía entender que estaba caminando con dirección incierta detrás de un sujeto tenebroso en un sitio hostil y extranjero a ella. Ese sujeto tenebroso era ahora la única persona que conocía en New York.
Caminaron cuatro cuadras y doblaron a la derecha. Luego dos cuadras más y El Matón se detuvo y la miró:
- Qué tienes ahi?
- Es mi morral...
- Dámelo.
Lucía tenía mucho miedo. La estaban llevando, le estaban robando. Comenzó a llorar, mientras descruzaba el morral por sobre su cabeza y lo entregaba. Lloraba tan suavemente que no había forma de diferenciar las gotas de la fina lluvia de Brooklyn de esas lágrimas que le brotaban despacio, unas gotas y las otras besándola por igual.
- Déjate de pendejadas, le espetó El Matón, tomándola de la mano.
- No me haga daño.
- Cállate y entra.
Recién ahi reparó en la puerta del edificio, un edificio bajo, de tres plantas. Entró mientras él le sujetaba la mano, no como un secuestrador sino casi como un novio. Eran una pareja en la noche húmeda escabullendo sus cuerpos de la lluvia. En la escalera la soltó, cambió la maleta de mano y subió por delante de ella hasta el tercer piso, hasta un corto pasillo con tres puertas y una ventana al exterior. Sacó un manojo de llaves, escogió una y abrió la puerta del nuevo apartamento de Lucía en Sunset Park.
Trás la puerta estaban los dientes de Jenny, y detrás de los dientes estaba Jenny también. Comía algo, tal vez un pan o un croissant, hablaba desparramando migas:
- Y esta de dónde viene?
- Del Arnoldo, dijo El Matón.
- Te la dió?
- No, quedó sola. Llévala al cuarto de Viviana.
La miró con una mirada casi única, un cóctel de lástima, desprecio, desconfianza e identificación. En realidad, esa era la mirada con la que Jenny se veía a sí misma.
Cogió la maleta y le hizo un gesto leve con la cabeza, en dirección a un pasillo que agrupaba cuatro puertas. No había nadie en ningún cuarto.
- Este es el baño, lo usas y lo limpias, está claro? Esta es tu habitación, no toques nada de la otra chica, está claro?
Lucía realizaba un tremendo esfuerzo por no romper a llorar. Jenny, una sanjuanina de unos cuarenta años que alguna vez se había llamado Ramona, depositó la maleta sobre la cama, la miró fijo como si fuera a pegarle pero finalmente la tomó de los hombros y la abrazó.
- Usted se queda aqui y tranquila, oiste? Yo le voy a traer algo de comer.
Asi quedó Lucía, sentada en la cama y viendo hacia la pared, mientras escuchaba la discusión entre Jenny y El Matón. No entendía todo lo que decían, pero era sobre ella. El Matón no la quería para puta, la quería para limpiar: Después de todo era la prima del Héctor. Jenny no la quería para nada. Se inclinó despacio, como un árbol joven cayendo ante la primer tormenta, tocó el colchón con la misma solemnidad del árbol muriendo tocando la tierra, igualmente rendida y entregada a su suerte, como si todo lo que le sucedía fuera un fenómeno natural. Cuando Jenny regresó se quedó asi, haciéndose la dormida, dejándose cubrir por ella con una manta robada de algún avión mientras le susurraba:
- Pobre diabla, duerme bien.
Abrió los ojos y la casa era un mundo en movimiento. Eran las siete de la mañana pero aun nadie dormía, en el cuarto había cuatro chicas. Una estaba sentada en los pies de su cama, las piernas abiertas como si estuviera en la camilla de un ginecólogo. Sentada en el piso, la otra Lucía le pasaba una crema despacito.
- Chica, que te metieron a ti? Te arde?
- Cállate y úntame esa mierda, que me duele.
Mariana resoplaba y se agarraba fuerte de la cobija de Lucía. Desde la cama de enfrente, Viviana la observaba.
- Buen dia, linda.
Recién ahi las otras repararon en ella.
- Ahi despertó la cuera nueva.
- No chica, dijo Vera desde la puerta, esta viene para atendernos a nosotras.
- Ay qué rico, nos vas a mimar? Nos vas a preparar chichaítos y darnos masajes?
La otra Lucía la miraba con una mezcla de desafío y complicidad, como tanteándola. Lucía pensó rápido la mejor respuesta:
- No sé, recién llegué. Soy la novia de Arnoldo.
Todas se pusieron serias. Ya habían escuchado la noticia de boca de Jenny. Mariana le tocó el hombro a la otra Lucía con el talón.
- Basta de pajita, úntame la crica que me duele!
- Ya va, puta, ya va, le dijo la otra Lucía, hundiendo dos dedos en el pote de crema y luego entre los labios del sexo de Mariana. – Sí que te gusta, patita!
Vera miraba fijo a Lucía. La estudió un largo minuto y luego dijo:
- Ese bichote no tenía novia, nunca tuvo. Asi que no te creas mas que nadie.
- Ya Vera, ya, intervino Viviana, déjala en paz que está recién llegada. Ven conmigo, cómo te llamas?
- Lucía.
- Ay, como yo!, exclamó la otra Lucía. Si vas a trabajar te cambias el nombre, oiste?
Vera pestañó con desprecio, torciendo la mirada hacia el costado.
- Qué es esta jodedera?, ladró Jenny, entrando al cuarto violentamente con un sandwich de tocino en la mano. – Cada una para su cama, y tu, dijo mirando a Lucía, tu ven conmigo.
Hacía frio para un helado. Se estaban aburriendo un poco.
- Y qué iglesia es esa?
- La de Santa Cecilia, quieres que te lleve?
- Qué, ahora?
- Sí, ya mismo. Yo sé dónde estan tus papeles, sabes dónde deja Jenny la llave?
- Debajo del teléfono, en la sala...
- Espérame aqui y nos vamos.
- Ay, no sé, Vivi, si nos ven?
- Tu te vas hoy, entendido? Con una noche tuviste suficiente.
Lucía la miró largamente, y la miró a los ojos. Viviana le devolvía la miraba con un brillo especial. Se acercaba la despedida.
Pero antes había que robar sus documentos. El Matón le había devuelto su morral como a la semana de quitárselo, sin papeles y sin dinero.
- Eso pagará tu renta aqui, la comida la pagarás limpiando.
Lucía ni contestó. Tomó el morral de manos del chulo y lo puso sobre la mesa. Luego siguió limpiando el aparador. Pasaba una esponja sobre el estante vacío, con la mirada de El Matón recorriéndole las formas. Lucía era muy bella, estilizada, cualquier vestido le resaltaba las suaves curvas de sus suaves caderas. Todo le quedaba bien. Las otras chicas le iban perdiendo desconfianza y a veces en las tardes jugaban con ella como si fuera una muñeca, una bella muñeca alta y delgada, una Barbie morena.
- Ponte esto, le decía Roxy, la menor de todas, mientras revolvía en un baul inmenso a los pies de su cama buscando un par de zandalias que combinen con el vestido. Mariana la peinaba:
- Tienes un cabello hermoso, le susurraba al oido.
Lucía no se movía. Se dejaba vestir, con miedo a que la toquen, toda tiesa y en silencio. Asi limpiaba los estantes ante la mirada de El Matón. Tiesa y en silencio. Él la observó un rato largo. Luego giró y se marchó.
Todo el invierno Lucía lo pasó limpiando. Se levantaba al mediodía, sin hacer ruido salía al pasillo y comenzaba a recoger cosas del piso. Limpiaba la cocina y preparaba un desayuno-almuerzo cerca de las tres de la tarde, cuando amanecía para las chicas de Sunset Park. Luego pasaba al departamento de enfrente, donde vivían Jenny y El Matón, limpiaba pisos y cocinaba para ellos mientras dormían. No lo hacían juntos; cada uno tenía una habitación. Nadie sabía exactamente cual era la relación, aparentemente Jenny había sido una de las primeras muchachas de El Matón, otro chisme decía que era al revés: Él trabajaba para ella. De una u otra manera, hoy dia Jenny no hacía casi nada. Se encargaba de las chicas, que estén limpias y listas cuando Jimmy las venga a buscar. Que no se dopen. Que no queden preñadas. Que no se enfermen. También recaudaba el dinero. Era tan maternal como brutal, mejor dicho, una madre bruta. Las trataba duramente, las mantenía a raya. A veces les pegaba, sobre todo a Roxy y a Mariana, cuando sospechaba que se quedaban con dinero, y una vez le pegó a la otra Lucía delante de Lucía, tres cachetadas y un puñetazo, porque le encontró crack entre sus cosas. Le dejó un anillo entero marcado junto a la nariz. Fue la única vez que las dos Lucías tuvieron un instante de confraternidad. Lucía le acariciaba el pelo y le sostenía el hielo sobre la mejilla, la otra Lucía no lloraba, clavando la vista en la pared musitaba:
- Ya la voy a chichar a esa hijaeputa.
Solo dos veces El Matón le abrió la puerta del tercer apartamento del piso para que lo limpie. El lugar era repugnante, no había casi muebles. Pocas veces se veía a alguien entrar allí.
- Una vez tuvieron ahi a un tipo, como tres meses, le había contado Viviana.
- Un tipo secuestrado?
- Nunca preguntes nada, Lucía.
Una vez lo vió a El Chino saliendo del apartamento, con dos maletas. Ella lo saludó, pero él no le contestó nada, la miró un instante y desapareció por la escalera.
La vida en el departamento era bastante ordenada, teniendo en cuenta que vivían cinco putas pasillo por medio con un proxeneta y unos traficantes que tal vez también secuestraban. Lucía no preguntaba nada y casi que no hablaba si no se dirigían a ella, pero ya se iba dando cuenta qué negocios funcionaban alli y quiénes los administraban. Cuanto más sabía más temía por su vida, a pesar que el invierno lo había pasado bastante bien. Encerrada, pero bien.
Cuando las chicas se iban, Jenny salía a comprar provisiones. El primer mes nunca la dejaba sola, pero luego le fue tomando confianza. Se le acercaba, con alguna dona en la mano y con la otra apuntando al pasillo le decía:
- A ver si haces algo con este crical!
Y se iba, cerrando la puerta con dos vueltas de llave.
Si bien Lucía les tenía miedo a las demás, mas miedo le daban esas horas de soledad en el comienzo de la noche, mientras ordenaba las habitaciones de las muchachas y escuchaba a los hombres que entraban y salían de los otros departamentos. A veces entraba El Matón, solo o con algún otro, y Lucía seguía ordenando, tiesa y en silencio. Nunca le hablaban.
En la soledad de las noches también encontraba la depresión de su propia voz horadando su cerebro. No salía casi nunca, no escribía a su casa, estaba virtualmente desaparecida. Estaba como muerta. Ni siquiera la ponían de puta, quizás ni para eso servía. Lucía había muerto al llegar a Brooklyn y nadie lo sabía.
Una hora y media más tarde regresó Viviana, con dos bolsas pequeñas.
- Te traje tus papeles y algo de dinero. Y un poco de ropa, pero muy poca.
- Nadie te vió?
- Nadie a quien le importe.
Viviana se veía tranquila, y hasta contenta. Le tendió una mano que Lucía ya se había resignado a nunca recibir.
- Vamos.
Cruzaron todo el parque camino al metro. Lucía caminaba con pasos cortos, indecisa, eternamente recién llegada a New York. Lo poco que había conocido de la ciudad había sido de mano de Viviana. Fue en el verano. Jenny la vió tendiendo ropa, la piel pálida, los hombros caídos. Terminó de tragar un hot dog frío que sostenía y le dijo:
- Niña, ya dá lástima verte. Viviana, saca a pasear a esta chica!
Viviana se le acercó y con una sonrisa le dijo:
- Vamos! Ven a ponerte linda!
La llevó a la habitación, cerró la puerta y le eligió un vestido de ella. Tenían casi la misma estatura, aunque Lucía era mas delgada.
- Pruébate esto, anda, le dijo, y se sentó en la cama a observarla. Lucía tomó el vestido, mirando al piso. Comenzó a llorar.
- Ay, Lucía, vamos, anímate! Ponte el vestido y ven a pasear!
La llevó a pié por todo el Sunset Park. Luego cogieron un autobus y la llevó a Manhatann. Le compró un refresco y poco faltó para que le compre un globo. Lucía se había vuelto una niña de verdad..
Desde ese dia Viviana comenzó a sacarla seguido, casi todos los dias. Muchas veces solo para ir a sentarse al parque y ver a la gente pasar. Asi sentada en el parque, Lucía comenzaba a comprender que no estaba muerta, tal vez solo enferma. Tenía algo roto dentro, pero tal vez se podría arreglar. Su humor fue mejorando, comenzó a participar mas de las conversaciones de las otras, hasta le perdió el miedo a Vera, que siempre la miraba mal, y a Mariana, que de tanto en tanto la acosaba. Comenzó a comer mejor y volvió a ponerse linda.
En una noche de calor de agosto llegó El Matón con Pacheco. Lucía limpiaba la habitación de la otra Lucía y Roxy, cuando sintió a los hombres deteniéndose bajo el dintel de la puerta.
- Lucía...
El Matón la miraba de manera penetrante. Pacheco la penetraba con la mirada. Lo había visto varias veces, una o dos veces por mes. Luego supo que era el cobrador de Doña Marta, la madame de Sunset Park. Nunca supo de qué negocios se trataban, pero lo que sí supo por las miradas es que ella era parte de algún pago.
- Lucía, llévalo a tu cuarto y trátalo bien. No me decepciones.
- No se preocupe, le dijo Lucía, sin levantar la vista.
Dejó la habitación a medio arreglar y, limpiándose las manos sobre el vestido, salió al corredor y fue a su habitación. Se detuvo un instante y mirándolo a Pacheco le dijo:
- Por aqui, por favor.
Al dia siguiente, en el parque, le contó a Viviana. No se sorprendió. Cada tanto todas hacían algún favor.
- Te trató bien?
- Sí, me trato muy bien.
Hubo un silencio.
- Te gustó?
- No sé, Vivi. No sentí nada.
- Asi es por lo general. No te apenes. No te asombres si uno de estos dias te agarra El Matón.
- Qué pasa si me agarra él?, preguntó Lucía, ligeramente asombrada.
- Si te agarra él es que comienzas a trabajar, entiendes?
Entendió. Al mes siguiente lo entendió aun mejor. Estaba limpiando una ventana de la sala cuando sintió la mirada habitual en su cuerpo.
- Lucía...
- Diga usted, dijo sin mirarlo.
- Mi nombre es Orlando.
Ella volteó a verlo. El Matón la miraba raro. Era casi la medianoche y Jenny aun no había regresado. Él se le acercó y la agarró del cuello.
- Échate alli, le dijo, indicando una alfombra vieja sobre el piso.
Lucía se sentó en el piso con miedo, recordando la escena con Arnoldo. Pero esta vez fue peor. El Matón le dió un cachetazo durísimo, en la oreja izquierda, que la volteó de cara al piso. Le quitó la pantaleta, le levantó el vestido y la acomodó.
- No, Orlando, no!
- No digas mi nombre, puta de mierda, nunca!
- Por favor, no! Lucía tenía miedo de verdad.
Cuando se levantó fue al baño a lavarse. Tenía sangre. Le dolió hasta el dia siguiente.
A los dos dias, cerca del atardecer, Jenny se le acercó mordiendo un tostón y le dijo:
- Prepárate. Hoy vas con las demás.
Mariana, que estaba al lado de ella, se puso contentísima.
- Ay, ven que te visto, qué chévere, tu te paras conmigo!
Lucía hasta esbozó una sonrisa. No sabía que sentir, por eso no decía nada. Mariana la llevó a su habitación, la desvistió y se quedó mirándola.
- Chica, y a ti qué te pasó?
- Nada.
- Nada? Tienes el culo azul.
Lucía la miró fijo. Se miraron un instante y ambas soltaron una carcajada. Luego le puso un vestido negro corto, como de salir. La maquilló delicadamente, ambas parecían dos jóvenes en noche de sábado preparándose para ir a bailar.
Cerca de las ocho Jimmy Arévalos las pasó a buscar. Mientras salían, Jenny la detuvo de un brazo, dejó el cabo de la manzana sobre la mesa y le dió una bolsa de cuero pequeña.
- Ahi tienes cosméticos, condones y algo de dinero.
- Gracias Jenny.
- No me agradezcas, le dijo torciendo la vista hacia un costado.
Subieron las seis en un Dodge celeste algo desvencijado, con una rumba ensordecedora sonando en el estéreo. Todas trabajaban en New Jersey, repartidas en las salidas del Garden State Parkway, bajando hacia el sur por la ruta 35, a partir de Hazlet y hasta Eatontown. Esa era la zona que les había dado Doña Marta, casi a una hora de viaje de Sunset Park. Trabajaban de a una o de a dos, en los cruces de las salidas de la autopista, con militares que iban y venían de Fort Monmouth, con agentes de viajes que pernoctaban en los hoteles de los alrrededores y con respetables padres de familia de los aburridos pueblos de la zona. Vestían de manera relativamente discreta, varias de las chicas tenían algunos clientes fijos. Vera, por ejemplo, bajaba sola en Main St. y Tinton Av. y caminaba hacia el estacionamiento del edificio del CECOM, vestida casi como una empleada de tienda mas que como una prostituta. Tenía casi treinta clientes fijos y no iba con desconocidos. También atendía a tres policías de la estación local.
Lucía no recibió ninguna recomendación de parte de Jenny, ni siquiera de Viviana. Cuando Jimmy la dejó en Hope Road, cerca de la salida 105, la miró y le dijo:
- Yo doy vueltas por aqui. Te estaré viendo.
Lucía no supo si debía alegrarse por la protección o entristecerse por la vigilancia. Mariana bajó con ella.
- Tu me miras como lo hago yo y luego, entiendes?
- No.
- Es un guame, chica, te va a ir chévere.
- Y a dónde voy?
- Donde el tipo diga. Si quiere motel lo llevas al Pan American, en la 35, lo viste cuando pasamos?
- No.
- Donbuorry, chica, tu pides primero los chavos y luego le haces y, mira, ahi viene un carro.
Estaban casi en la banquina, cien metros en diagonal con el Holyday Inn. Mariana se acercó al carro y habló con el tipo, pero Lucía no llegaba a escuchar. Cuando abrió la puerta para montarse le dijo:
- Cualquier cosa espérame aqui.
Y se fue.
Lucía quedó a merced de un cielo estrellado parada sobre la banquina de una ruta que no conduciría a ningún lugar. Nada le hubiera impedido escapar, caminar hasta la autopista y montarse a algún carro y huir. Aunque tal vez hubiera terminado en Atlantic City, haciendo lo mismo que ahora pero para un pimp que le pegara y la drogara. Comparado con todo lo que se veía en las películas, El Matón no parecía tan terrible.
Un Ford Mondeo se detuvo junto a ella. Un hombre de unos 55 ó 60 años, muy bien vestido, bajó la ventanilla y le dijo algo en inglés que ella no entendió. Solo en ese instante Lucía se dió cuenta que en casi un año no había aprendido ni una palabra en inglés. Sabía los precios que cobraban las otras chicas, pero no sabía como decirlos. El hombre le dijo algo mas, la miró con el rostro encendido y le hizo señas para que suba. Ella subió.
Puso en marcha el carro y dobló hacia la izquierda hasta una calle subalterna de la zona industrial. Metió la mano en el interior de su chaqueta y sacó un billete de cien dólares.
- O.K.?
- Okey, dijo Lucía, tomando el dinero y guardándolo en su cartera. Estaba aterrada y no sabía qué hacer.
El tipo le dijo alguna cosa, pero ella lo miró con gesto de no entender.
- No hablo inglés, señor...
Aminoró la marcha y aparcó en un costado de la calle, en medio de fábricas en silencio. Desabrochó la bragueta del pantalón y le tomó la mano a Lucía, que había llegado once meses atrás de Humacao a la gran New York buscando un destino que aún no había elegido. El tipo le movía la mano pequeña en círculos por sobre el pene y los testículos. Con la otra mano abrió la puerta. Le hizo señas que baje y que dé la vuelta al carro. Lucía pasó frente a él, viéndolo por detrás del parabrisas, tenía los ojos pequeños y celestes y las cejas prominentes. Cuando estuvo a su lado el hombre la hizo arrodillar, pero el suelo de la calzada eran puras piedritas blancas, filosas y puntiagudas. Lucía amagó pararse. El hombre la sujetó fuertemente de la nuca y la hundió contra su vientre. Se lo metió en la boca entero, tenía un pene grueso y corto, con una especie de callosidad en la parte exterior del prepucio. La empujaba y la retiraba, jalándole el pelo, raspándole el cielo de la boca con ese callo áspero. Lucía sintió arcadas, lo golpeó en la barriga con la palma de la mano, trataba de retirarse pero el hombre la sostenía cada vez mas fuerte, la zarandeaba cada vez mas rápido, golpeándole la nariz contra un botón de su pantalón de vestir, raspándole la oreja con la hebilla del cinturón. Le sostuvo la cabeza muy fuerte y llenó su garganta de espuma salada, gritándole cosas que ella no entendió. La empujó hacia atrás y Lucía cayó sentada en el suelo, sumando al dolor de la cara el dolor del golpe en su culo azul. El tipo le arrojó la bolsa contra el pecho, cerró la puerta y se fue.
Sentada sobre las piedras blancas y filosas, con su vestido negro como para ir a bailar, con las rodillas bañadas de puntos rojos y brillantes, Lucía lloró su llanto de cien dólares.
Salieron del parque y caminaron hasta la 4th Av., y de alli a la estación del metro en la esquina del cementerio. Era una tarde bella, de cielo limpio. Caminaban sin hablar. A lo largo de los meses, Viviana y Lucía habían desarrollado una relación simple y cálida, de silenciosa comprensión mútua. Parecían dos estudiantes de paseo, vestidas con jeans y camisas y llevando una bolsa cada una, dos estudiantes de compras. Tomaron el metro hasta Pacific y allí combinaron en Atlantic Av. hasta el lejano Harlem latino. Lucía no sabía cómo Viviana había recuperado sus papeles, pero no le preguntó. Le costaba creer que huir sea tan fácil. Todo el viaje se sentaron en silencio, tomadas de la mano, dejándose bambolear al ritmo del tren.
Bajaron en la estación de la 103 rd. A Lucía la asustó un poco el lugar.
- Tranquila, linda.
Salieron a la calle y caminaron por la 5th Av. hasta la 106 th.
- Quieres unos churritos?, preguntó Viviana.
- Estoy muy nerviosa como para comer.
- Ya, no pienses más.
Doblaron por la 106 th hasta cruzar Park Avenue y se detuvieron frente a la iglesia, una formidable construcción color ladrillo con una torre a cada lado.
- Espérame aqui.
Viviana entró, dejándola a Lucía junto a un árbol jóven y solitario como ella, pero tanto el uno como la otra parados firmes y esperando algo mejor. Luego de casi veinte minutos volvió su amiga con una chica de unos treinta años que se veía de veintidós.
- Lucía, te presento a Ana María. Ella te va a ayudar.
- Mucho gusto, dijo estrechándole la mano.
La chica no era una monja, como Lucía había pensado. Era bonita y tenía una cicatriz junto a la ceja izquierda que parecía familiar. Tiempo después reconoció Lucía la forma del anillo.
Ana María la invitó a entrar. Viviana se quedó quieta en la acera.
- Yo te dejó aqui, linda.
- Vivi, cuándo te volveré a ver?
- Nunca, Lucía. No vuelvas a mostrarte por Brooklyn.
Se miraron y se abrazaron. Viviana la soltó rápido y se fue apurada, deshaciendo el camino que habían hecho juntas. Lucía la vió alejarse, deshaciendo también un pasado que quedaría como un hueco en su vida, un año que no vivió. Meses mas tarde, caminando por el Central Park, cuando ya trabajaba como mesonera en el Gadabout de la 5 th Av., la asaltó un irrefrenable deseo de saber qué habría sido de Viviana y las demás chicas. Pero no se animó a ir. Arregló su bufanda para que le cubra bien el pecho y dió la vuelta, camino a su nueva casa. Casi choca con un tipo de unos treinta y dos años, bien parecido, de lentes con marco de metal y aspecto culto.
- Hugo?
- Excuse me?
No era él. No era la primera vez que creía verlo y no sería la última.
Cuando logró encontrar el camino al cruce donde Jimmy las había dejado, un carro se detuvo a su lado.
- Are you o.k.?
- No hablo inglés, respondió Lucía laconicamente, a pesar que había entendido.
- Yo hablo español. Me perdí al bajar de la autopista, conocés la zona?
- No.
El hombre advirtió las marcas del rimmel corrido denunciando el llanto.
- Necesitás ayuda?
Lucía dudo. Lo miró a los ojos. Parecía un tipo decente.
- Tuve una pelea con mi novio...
- Te llevo a algún lado? Subí, vení.
Lucía no podía ni pensar en qué decirle. Tenía sed y necesidad de lavarse y en realidad nunca le había preguntado a las otras cómo se arreglaban para trabajar en la calle toda la noche. Dió la vuelta al carro y subió.
- Yo me llamo Hugo, cómo te llamás?
- Lucía.
- Vengo del PNC, el centro de artes de aca cerca, lo conocés? Estoy dando un seminario de música.
Lucía no lo conocía. Ella no conocía nada.
Hugo le contó que era flautista de la filarmónica de Uruguay y que estaba de invitado en un seminario. Se lo notaba un poco tenso, tal vez por eso hablaba sin parar. Le contó que le habían alquilado ese carro esa misma mañana. Tenía una habitación en el Sheraton Eatontown, pero no sabía como llegar. En realidad estaban a pocas cuadras, apenas salieron de la ruta de la zona industrial lo vieron. Lucía estaba tentada de contarle todo lo que le había pasado, de llorar todo su dolor ante la esperanza de encontrar un oído compasivo que le dé consuelo.
- Hacia donde vas? Dónde vivís?
- Voy hasta...
Lucía no tenía idea de donde estaba.
- ... hasta el pueblo, aqui nomás.
Iba a seguir hablando pero él la interrumpió:
- Querés tomar algo? Podemos tomar una copa en el lobby, o en el cuarto...
Sentía el cerebro lleno de nubes, nubes de lluvia, miraba hacia el tablero y asentía con la cabeza sin ninguna intención.
- Querés subir conmigo?
Lucía no supo qué pensar, una vez más. Él parecía una persona honesta, pero no llegaba a deletrear qué quería decirle su mirada tras los lentes rectangulares de sus anteojos con marco de metal. Trataba de buscar un hilo de pensamiento mientras él aparcaba su carro recién alquilado, mientras le abrió la puerta para bajar, mientras caminaban rumbo al ascensor, todo el tiempo él hablaba sin parar y ella ya no lo escuchaba, tenía la boca pastosa y sucia, las piernas lastimadas, no encontraba una manera de explicar su realidad. Cuando le abrió la puerta de la habitación, entró y se detuvo junto al closet y no llegó a entender palabra de lo que Hugo decía mientras dejaba el estuche con su flauta sobre la cama, tomó un velador de metal que había sobre el escritorio y lo golpeó en la nuca con toda su fuerza, lo golpeó mientras caía y lo siguió golpeando en el piso, hasta que las piernas no se le movieron mas. Luego cerró la puerta de la habitación, fue al baño y se enjuagó la boca. También se limpió la sangre del antebrazo. Se arregló el maquillaje con los cosméticos que le había dado Jenny, era la primera vez en meses que se maquillaba sola, ya estaba habituada a ser la Barbie de las demás. Al salir del baño miró a Hugo como si estuviera dormido en el piso, lo miró un largo minuto y se agachó y le sacó la cartera del bolsillo interior de la chaqueta. Había mas de cuatrocientos dólares, suficiente para contentar a Jenny. Luego apagó las luces y salió al pasillo, no había nadie. Bajó por el ascensor y abandonó el hotel como una sombra, sin ser vista. Caminaba con paso firme, tranquila, recuperada.
Caminó trecientos metros hasta el centro comercial y de alli hasta Hope Road con una sensación insospechada de orgullo y dignidad.