Santa Rita

 

Hacía tiempo que no cambiaba la rosa en su botellita de agua mineral Ensinger. No era religiosa en verdad, y ya no recordaba si alguna vez había sido creyente, pero siempre se preocupaba de tener una rosa roja junto a la estampita de Santa Rita, en su mesa de luz. Noche a noche por mas de 7,000 noches se durmió viendo el rayo iluminando la frente de la virgen. Esa era la manera en la que Rita se sentía iluminada.

Y era llamativo que la luz y la rosa estuvieran alli, en su habitación color crema de maní en su apartamento que era el de Paul. Porque para el caso ella tenía una casa, bastante bonita, pero de paredes blancas. Tal vez las pintaría de crema de maní? Le pareció una buena idea. Hasta sonrió, y eso le desvió la vista al espejo que le devolvía la imagen de una morena delgada de labios inmensos con los ojos siempre ardiendo, vivos por demás.

Tomó el bolso y bajó a la calle.

Tenía dias que quería hacer algo y no sabía qué. No, no era que estuviera en crisis o indecisa, sencillamente había algo que tenía que hacer y se le había olvidado. Pero era algo importante. De todas formas, la mañana estaba espléndida, provocaba caminar por Vaihingen bajo el cielo limpio de junio. Eran casi las doce y ya se veían estudiantes buscando un lugar en el S-Bar de Nobelstrasse. Rita buscaba con los ojos pero aquellos estudiantes latinoamericanos de hace tres años nunca aparecían. O estarían en el campus del centro o los habrían deportado o sencillamente se habían ido con la misma velocidad con la que llegaron. Volados.

Seguro asi habrán pensado de ella todos los habitués del Alasitas de la calle Krailershalden en Feuerbach, donde enseñó salsa y merengue desde que llegó a Stuttgart y hasta que Paul le ofreció el departamento. Un buen dia dejó de estar ahi. Casi se puede decir que un buen dia dejó de estar en casi todos lados.

 

Menos en Berna. Puntualmente cada dos semanas tomaba el tren de las 10:15 rumbo a Berna. Se dormía antes de Pforzheim y se despertaba al llegar a Strasburgo, ahi se cambiaba al coche comedor y se deleitaba mirando los pinos. En invierno y a pesar del frio, la emocionaban hasta hacerla llorar.

Sin importar la estación del año Rita hacía a pie el trayecto desde la terminal de tren hasta el apartamento en la calle Falkenweg. A esa hora la FalkenPlatz se poblaba de estudiantes y no había dudas que Rita estaba frustrada de no haber seguido una carrera. La noche anterior al último dia de liceo le había prometido a su madre que iba a estudiar.

- Usted va a estar orgullosa de mi.

- Yo siempre estoy orgullosa, mija.

Se detuvo frente a la iglesia católica de la calle Holderbushweg, a punto de llorar. Había caminado un largo círculo, alejándose de la universidad y de Allmand, vagando sin prisa ni dirección. Debiera confesarme, debiera curar mi alma.

Pero no podía aunque quisiera. Era negada para el alemán. Aunque parezca mentira, en cuatro años apenas si tenía un lenguaje mas que básico para moverse por la calle. A Rita le parecía mentira.

- Todo esto es mentira, le había dicho a Fernando cuando él le propuso matrimonio.

- Créeme que este anillo es de verdad.

 

Queda feo decirlo, pero en realidad era falso. Él no lo sabía, y no lo supo nunca, pero Rita sí, un dia desesperado trató de empeñarlo en plena Konigstrasse. No llegó a entender cuán falso era, porque no entendió ni palabra, solo el sonido del arito de metal repicando en el cristal sucio de un mostrador que, por cierto, reflejaba su cara.

Tal vez por eso hacia tanto tiempo que estaba comprometida y no se casaba.

 

Estuvo una hora sentada en la entrada de la iglesia Maximiliam-Kolbe, pero dios no vino a escucharla. La brisa que anticipaba la siesta movía las ramas de un árbol triste que, como ella, estaba ahi esperando. Todo perdió sentido por un instante, y sabía que olvidó hacer algo importante y sin saber por qué ni para qué retomó el camino al apartamento, tal cual como había salido.

Para nada.

 

Paul había llegado temprano. Era martes y al dia siguiente viajaba a Dusseldorf, o era tal vez a Frakfurt? Rita no siempre entendía lo que escuchaba, la comunicación entre ambos era tímida y rala, casi como desde la primera vez que lo vió, junto a la barra en el Alasitas, con su aire de seriedad prusiana y el cansancio en la mirada. Ella se le acercó sabiendo muy bien lo que buscaba. No podía seguir pagando la renta.

- Me brindas una cerveza amor?

Él no le entendió nada, pero ya estaba bien habituada a que los hombres la complazcan aunque sólo hable español. El espejo trás la barra exhibía una figura espléndida en un vestido negro y lo suficientemente corto como para traducir cualquier lengua.

Desde esa noche lo vió llegar todos los lunes, miércoles y sábados. Llegaba temprano y se sumaba a la clase con muy buen humor. Rita le tomaba la mano y la depositaba en su cadera y Paul era feliz. Jamás aprendería a bailar, pero eso no le importaba. Le dejaba unas propinas inmensas, que a Rita le salvaban el dia y a veces también la semana. Ella descontaba que algún dia le pediría un favor, pero a diferencia de otros, Paul no pedía nada.

Rita tampoco lo entendió cuando él le dijo que esa noche cumplía 52 años. Sólo comprendió los gestos, la mirada, la forma educada que tenía de ponerle el abrigo antes de salir. Ella lo escuchaba y él le hablaba y ambos se entendían bastante bien, sin entender una palabra. Cuando él la llevó al apartamento de la calle Im Birkhof ella creyó entender, hasta que él le apartó la mano del cinturón. Ella entendió que eso era no.

Y se durmió feliz con su pureza de espíritu.

 

Por eso estaba con Paul: Él le daba una felicidad con muy poca culpa. Una felicidad de 4,000 marcos al mes. Ella sabía que él tenía un cargo en la Bosch aparte de enseñar en la universidad, pero evidentemente tendría muchísimo dinero, porque jamás siquiera pestañó cuando ella le pedía, y ya nunca lo hacía: Él le ponía dinero en su cartera cada vez que viajaba, cada semana.

Mas de una vez le dió pena y lloró junto a Santa Rita toda la mañana. Otras veces pensó en hacer clientela, aprovechando el apartamento, la horda de estudiantes en celo que le clavaban los ojos en las ancas cuando descongelaba la nieve a su paso. Y otras veces pensó en su madre, en su Barranquilla natal, ay mi mamá, si me viera, moriría de verme asi. Por eso sus huellas a veces llegaban hasta las iglesias, y por eso también sus huellas: Lo único que hacía era caminar. Dos semanas caminando y luego a Berna a descansar, a dormir con su futuro marido que no dejaba de trabajar 12 horas corridas ni siquiera cuando ella llegaba:

- Como vas en las clases?

- Cada vez mejor, amor, la semana que viene tengo exámenes.

Él confiaba que ella era feliz estudiando coreografía y ella era feliz confiando que Paul la creía de visita en la casa de una inexistente tia en Zurich. Se quedaba en Berna cuatro o cinco dias, le hacía el amor con pasión, le hundía los labios en la piel, lo comía y lo bebía hasta dejarlo inútil, le dejaba 2,000 francos en la mesa de noche y se volvía a Stuttgart.

Se habían conocido en Zaragoza, donde ella había llegado con su prima Mariana y dos trinitarios altos que bailaban muy bien y las cojían aunque estén en el mismo cuarto. Viajaron con ellos por dos semanas de las cuatro de vacaciones que tenía Mariana, hasta que los perdieron precisamente en el Troppico una noche de show en vivo. Su prima lo lamentó y quedó despechada, ella estudiaba física en Stuttgart y de ahi que Rita le dijera a Fernando que ella también había llegado a Europa para estudiar. Mariana lo había reconocido enseguida, el mismo muchacho lánguido y solitario como en los dias de la facultad. Habían cursado juntos dos años, hasta que ella se mudó a Quito y siguió la carrera en la Universidad San Francisco. Pero cuando los presentó no logró recordar su nombre:

- Rita, te presento a ...

Él era becario en Madrid todavía y muy tímido para bailar. Venía de una familia rica de Bogotá que lo tenía olvidado para los giros. Estaba tan habituado a la soledad que le costaba entablar conversación con ese torbelino moreno de mirada asesina que le hablaba y reía y flirteaba hasta marearlo. Un mes mas tarde estaba muy feliz con su novia colombiana, aun cuando ella recibía sus cartas con sorpresa y sin mucha emoción. Para ella Fernando había sido un nombre mas. Dos veces él quiso ir a visitarla y ella se excusaba diciéndole que no, que el albergue donde se encontraba era muy estricto y que no podría hacerlo dormir ahi. Cuando Mariana se graduó Rita cambió su dirección postal a una casilla de correo, pero para Fernando siempre siguió en el albergue estudiantil. Ella alquilaba primero un cuarto junto con Soledad (la venezolana que le consiguió el trabajo en el Alasitas) en un edificio bellísimo en la calle Sattler y luego tuvo su propio cuarto en un tugurio sobre la Hegelplatz. Siempre a un paso de la universidad.

 

Se acercó a Paul, que untaba unos panes negros con mantequilla y lo beso suavemente en el cuello. Le pasó una mano liviana por entre los hombros, como planchándole la camisa, dejó el morral sobre una silla y su cuerpo sobre otra.

Compartían el espacio de manera armoniosa. Miles de mujeres se hubieran aburrido a los dos dias, pero Rita no. Ella se sentía bien asi. En un barrio con techos de aldea donde apenas llegaban los rugidos de la autopista, en una sala con alma de pieza con un hombre silencioso y limpio. Untaba la mantequilla con un cuchillo de punta redonda, concentrado, sumido en la tarea. Preparaba para él y para ella. No era fácil distinguir si el pelo rubio se le había aclarado o si eran francas y meras canas, pero siempre se veía ordenado. Hasta cuando se levantaba en la mañana ya amanecía peinado.

- Pareces Alan Ladd, le decía ella muerta de risa. Él la miraba calidamente a pesar que no entendía. Y siempre la besaba en la frente antes de salir.

Comieron en silencio, mirándose de tanto en tanto. Muchas veces el almuerzo se resumía en una merienda temprana. Pocas veces Paul pudo disfrutar de las habilidades culinarias de Rita.

 

Sin embargo apenas llegaba a su departamento en Falkenweg abría la nevera y comenzaba a planear la cena. Fernando sabía que ella estaba en casa un instante antes de abrir la puerta: El aroma de las arepas de huevo se filtraba por la cerradura. Le sudaban las manos al girar la llave. Su mujer estaba en casa.

Hacía un año y medio que estaba en Berna, con una beca horrible en el instituto de física de la calle Sidler. Trabajaba muchísimo y con un estipendio miserable. Todo lo que veía de Berna eran las tres cuadras entre su departamento y el instituto. Iban a hacer cinco años que se había graduado en la Javeriana de Bogotá, como su padre. Sólo que Fernando no quiso ser ingeniero. Y la mejor forma de ser perdonado era estar de becario en Europa.

Mientras ella atendía las plantas en la ventana Paul buscaba algo. Nunca le preguntaba a ella dónde estaban las cosas, pero a veces pasaba mas de media hora buscando: Su plumafuente, sus lentes de leer, su corbata. Solo si se cruzaban las miradas él le hacía un gesto. Dos dedos en el pecho o un garabato en el aire o el pulgar y el índice de cada mano haciendo un círculo sobre sus ojos celeste clarito. Ella no lo ayudaba pero le sonreía, le causaba gracia su pantomima. A veces y a pesar que no lo ayudaría en la búsqueda, se le acercaba y lo besaba. Los labios del alemán no le sabían a nada, pero aun a conciencia que no lo amaba iba y lo besaba.

Solo tres o cuatro veces le hizo el amor, un par de ellas fueron verdaderas violaciones. Si hubiera tenido mas idioma le hubiera preguntado a Paul por qué no la cojía. Se lo había preguntado a Santa Rita, pero ella no le contestó. Se lo preguntaba a sí misma en alguna caminata: Por qué sigo con él? Es solo por la plata?

- Una puta que cobra y no coje mas que puta es una ladrona.

Y se echaba a llorar.

Paul se fue sin los lentes antes del anochecer. Era obvio que tenía una familia o algo por el estilo. Tal vez tenía otra. Otra latina en otro departamento de cuando era estudiante. Otra mujer dispuesta a ser amada que recibía billetes en lugar de caricias. Asi y todo Rita no se quejaba: Esto era un acto de justicia. El juego de la seducción para ella había comenzado apenas desarrolló, en los dias del Colegio San José, cuando a la salida se iba con las amigas a pasear por los ojos de los barranquilleros. Soñaban con crecer rápido y vivir de carnaval en carnaval, potenciales reinas, rumberas de cuna. La ocupación central de cada dia era estar bonita. Mas bonita y mas bonita.

- Qué piensa?

- Está preciosa mija. Pero eso está muy escotado.

- Todas las chicas van asi hoy dia.

- Yo no quiero que usté termine como todas las chicas.

En eso siempre estuvo de acuerdo con su madre: No quería terminar como las demás. No quería nada de lo que la vida le ofrecía. Rita quería mas.

Un dia se fue de viaje con Calista, Roxana y tres chicos egresados del Alemán, se montaron a un Chevrolet enorme e hicieron muchas cosas que jamás le contarían a nadie. Fueron subiendo por la costa y acampando en cualquier lado y a la semana llegaron hasta Punta Gallinas y Rita se paró en puntas de pie mirando el océano y tomó su decisión:

- Tengo que salir de Colombia.

- Yo viajo el mes que viene, le dijo el rubio que estaba con Roxana y que era igualito al de ella.

Cuando regresó ni fue a anular la inscripción en la Universidad del Atlántico. Tampoco se preocupó por renunciar en el estudio jurídico donde la habían tomado. Le escribió a Mariana y sin esperar respuesta empacó y se fue.

- De dónde tiene usté dinero para ese viaje?

- Estuve ahorrando.

- No le mienta a su madre, mija, si me miente a mi le va a mentir a cualquiera.

- Créame que esto es verdad.

Cuánto dolor le daba a su mamá el solo ponerse a pensar.

 

Paul dormía con ella dos noches por semana. El resto del tiempo estaba sola y perdía la noción del tiempo mirando por la ventana. Desde que dejó de trabajar se sentía liberada de la sonrisa. Para ella sonreir era un sello comercial. Por eso se sentía bien, viviendo un descanso, tomando revancha. Por eso no le molestaba vivir con un extraño asexuado. Era hora de no hacer nada. Se había pasado años pensando en qué quería, ahora se conformaba teniendo una noción de lo que no deseaba. Y cada dos semanas se brindaba a otro extraño, pero por lo menos connacional.

 

Luego del breve romance en Zaragoza ella lo fue a visitar tres veces: Dos en Madrid y la tercera cuando él llegó a Berna. Fueron a bailar al Guayas de la Parkterrasse, a la vuelta de la Falkenplatz, era jueves de salsa y ella danzó tres horas sin parar. Fernando tomaba pistoleros y cocobellos en la barra del segundo piso mientras ella giraba sin saltar en manos de hombres de todos los colores con las cinturas montadas en flan. Al final de la noche la vió bailando lambada con un brasileño y tuvo una erección que le anunció que la amaba. Él le transmitió el mensaje esa misma noche bajo las sábanas.

Desde ese dia ella lo visitó cada mes, en los fines de semana que no trabajaba. Fernando, que hablaba un buen alemán, hasta le consiguió trabajo en The Temple, también para bailar. Pero ella se excusó:

- Tal vez cuando me gradúe.

Nunca supo por qué no se mudaba con él a Berna. Pero cada vez que pensaba en eso sentía el tirón detrás del cuello, el miedo que la contraía. Tampoco supo si lo amaba ni si en verdad estaba comprometida por el solo hecho de haber dicho sí al final de aquella comida. Rita había dicho que sí la mayor parte de su vida.

Cuando le dijo que sí al hombre que le había hecho cola para Puerto Colombia sabía muy bien lo que hacía. Tenía 17 años pero aparentaba mas de 20. Lo hicieron a un costado de la ruta y luego la llevó al Hotel Pradomar y ella ya sabía que era un directivo del Junior y lo llamó tres veces, una vez cada seis meses, hasta que él le dijo que no le pagaría mas y ella prefirió no arriesgarse y dejarlo asi.

 

A la mañana siguiente abrió los ojos y vió a Santa Rita y el rayo que jamás la enceguecía. Ojalá y hubiera entendido a los siete años cuando su mamá le regaló la estampita:

         - Que nunca sufra, hija mia.

Casi pisa los lentes de Paul que estaban sobre la alfombra camino al baño. Los levantó y los llevó a resguardo hasta la mesa que aun estaba cubierta de migas. Le tenía cariño al alemán, lo sabía al tocar el vidrio del lente que tenía la temperatura de los labios de Paul.

Los lentes le enseñaban el reflejo de sus senos firmes y redondos.

Se arregló mas rápido que de costumbre para llegar a tiempo a la estación. Tomo el S-3 hasta la central y le costó dormirse porque no podía recordar qué era lo que tenía que hacer y no había hecho.

 

Cuando entró en el coche comedor la recibieron los habituales pares de ojos con la boca paralizada por un segundo. Estaba acostumbrada, tan acostumbrada que le encantaba. Apenas pidió un café con leche y ya le vino el primer candidato. Era un italiano, de Pádua, en viaje de negocios. Le habló directamente en italiano y ella le sonrió en español y a pesar que a esa hora ya debiera estar contando pinos se puso a charlar animadamente. Se llamaba Luca y trabajaba en Milan. Pero recién cuando sacó el bolígrafo para dejarle el teléfono ella advirtió por el logo que trabajaba para la Bosch.

- Tengo un amigo que trabaja en Bosch, en Stuttgart.

- Ah, la centrale.

Ella no escuchó mas. Dijo “un amigo” porque definitivamente no sabía cómo definir a Paul.

Lo despidió en la estación con una mirada prometedora. Era una pésima costumbre, lo sabía, pero tras cuatro años en Europa ya no lo podía evitar.

El apartamento estaba bien limpio y la nevera repleta. En cierta forma le asombró: Si había algo que le faltaba a Fernando era plata. Y si bien ella lo ayudaba no creía que sea suficiente para el buen pasar que evidenciaba la vivienda.

El dinero había perdido relevancia en algún momento del último año para Rita. Ya no era que le sobraba o le faltaba, lo suyo era una súbita falta de interés. La última vez que habló con su madre, el 22 de mayo para que la salude por el cumpleaños, le ofreció enviarle dinero.

- Gracias hija, pero mejor gástelo en un pasaje y venga a visitarme.

- Tal vez en navidad, mamá.

Tampoco sabía por qué no había vuelto siquiera de visita.

- Qué bárbaro, chica, tu no sabes nada, se dijo para sí, y comenzó a sacar verduras para preparar un sancocho.

 

Fernando llegó cuando ya estaba oscuro. La abrazó con mucho cariño y ella se sintió feliz de verlo. Comenzó a hablarle de las clases y del trabajo y los exámenes y los amigos. Fernando la escuchaba en silencio, cada tanto decía “ajá” o “claro” y por un instante Rita creyó que no estaba sonando convincente. Luego comieron y ella le preguntó por la investigación y lo llevó a la cama y lo devoró.

 

Los cuatro dias pasaron rapidísimo. Casi que no salió del apartamento, sólo una mañana se fue a pasear por la ciudad vieja. En el tren de vuelta a Stuttgart se preguntó si estaría bien. En algún punto era preocupante que ya no le interesara hacer nada.

Acababa de cumplir 26 años y se sentía de 40.

Miraba los pinos lánguidos a través de la ventanilla cerrada. El vidrio le mostraba la redondez perfecta de su mentón mientras lo besaba.

Cuando llegó se dió cuenta que había dejado el bolso con la ropa en Berna. “Cómo pude olvidarme” se repetía todo el camino a Vaihingen. Dónde tengo la cabeza. Para qué tendré cabeza. Pa peinarme. Nomás pa peinarme.

El departamento crema-de-maní estaba impecable. Todo ordenado, limpio, cuidado. Se fastidió de pensar que no iba a encontrar nada, ella tenía su desorden bien controlado. Enojada como estaba y ante la imagen de esa vida monótona y ordenada fue que se fastidió de todo. Fue al closet y sacó la caja de zapatos que tenía en el piso. Eran 22,000 marcos. Mas de 10,000 dólares. Podía marcharse esa misma tarde si asi lo quería.

Pero le apenó por Fernando. Después de todo, era el único hombre que le había puesto un anillo en la mano. Aunque sea un anillo de oro falso. Tal vez era hora de sincerarse, terminar toda la farsa. Mudarse a Berna, vivir con él, cuidarlo. Ir y contarle toda la verdad, si realmente la quería sabría perdonarla. Ni pensó en Paul. Había sido bueno con ella, pero no creía que la extrañara. Tal vez le dejaría una carta. Eso sí, en español. Que vaya con su otra latina para que se la lea. Que vaya con quien quiera.

Fue al dormitorio y le habló a Santa Rita:

- Ayúdame mi santita, ayúdame a ser buena.

Lloró hasta sentir que lloraba como una pendeja.

 

Al dia siguiente se encontraba de nuevo en el tren a Berna. Se había dormido muy temprano y no llegó a avisarle a Fernando que iba de nuevo. Contrariamente a lo que había pensado, llevaba un mínimo equipaje, como para un dia: Una blusa, un abrigo, una pantaleta. Pensó que lo mejor sería hablar con su novio y darle unos dias para que piense. Se emocionó de si misma al darse cuenta que lo estaba llamando novio. Era la primera vez en tantos meses que estaba haciendo una cosa correcta, y también la primera vez en dias que no tenía la sensación de haber olvidado algo.

Cuando llegó al apartamento de Falkenweg estaba excitada. No tenía idea de cual podría ser la reacción de Fernando, pero estaba segura que ella se sentiría mucho mejor. Si el reacciona bien le contaré toda mi vida. Si me quiere de verdad querrá saber todo sobre mi. Se dió un largo baño y se recostó húmeda en la cama. Cómo le hubiese gustado que él llegue temprano y la encuentre asi, su cuerpo desnudo obsequiado y limpio para él! Quería darse por entera. Quería decirle que sí definitivamente.

Dormitó una media hora y despertó sobresaltada aunque no supo por qué. Se levantó y se dirigió al closet: Había poca ropa de ella. Fue a buscar el bolso que había olvidado para poner su ropa ahi, pero camino a la sala pisó los lentes de Paul, que estaban en el piso.

 

Desnuda a la luz del último rayo de sol de Berna que se filtraba por la persiana, miraba los lentes inconfundibles hechos añicos en la alfombra. La luz de un sol tímido y ajeno que le besaba la frente mientras ella en silencio miraba cómo los vidrios se mezclaban con su sangre que brotaba roja como una rosa joven en primavera.


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