La solución

 

Colgó el teléfono de manera suave, como para no despertar a nadie, como para no despertarse a sí mismo, como deseando que sea una pesadilla, una dulce pesadilla de fin de madrugada, de esas que transforman la luz solar en un beso aliviador. Era sólo un sueño. Qué suerte que haya sido sólo un sueño, un mal sueño. Levantarse con la sonrisa protectora de ese pensamiento.

Pero el teléfono sonó inmediatamente y su mano despierta lo levantó:

-         Sí, diga.

-         Leonardo! Qué manera tan servil de atender!

-         Ah, Osvaldo, cómo estás.

-         Mejor que vos, me parece. Tenés tiempo para un café? Yo estoy cerca, camino a Netivot.

-         No, no sé, estás en el celular? Te llamo en un rato, sí?

-         ...mmm, estás raro, varón. Llamame, eh?

-         Sí, sí, termino algo y te llamo.

Bye bye y la mirada clavada en la pared, que mas que cómplice parece un soplón esperando el descuido para hacerlo caer. Esa mañana no era tan terrible que el mundo sea una selva; lo terrible es que en esa selva lo espera una emboscada.

Leonardo era ordenado con sus problemas: Dos veces por mes llamaba al servicio telefónico del banco para saber cuán hondo estaba encallado. Sistematicamente hacia cuentas y presupuestos, suprimía gastos y fantaseaba con bonificaciones y premios, trataba de entender por qué debía tanta plata, trataba de justificarse, de apañarse. Era a la vez él y también una especie de amigo de sí mismo, que le decía que todo iba a estar bien. No te preocupes, Leo, todo va a estar bien.

Osvaldo, en cambio, le hubiera dicho que era un imbécil y un irresponsable. Se habían conocido en el norte, en los meses de kibbutz, cuando estaba recién llegado a Israel. En Buenos Aires no se hubiera detenido ni cinco minutos a hablar con semejante tipo, pero ahora lo tenía como gran amigo del alma, a pesar que apenas lo soportaba. Era todo lo contrario de él: Engreido, superficial, grosero. Por lo general solo hablaban de deporte y trabajo. Osvaldo vendía suplementos de electrónica, hacía mas de 300 kilómetros por dia con una tender llena de cachivaches con leads verdes y rojos y cablecitos por conectar. Ganaba bien, lo suficiente para llamar todos los domingos a su hermano en Floresta y escuchar los segundos tiempos de la campaña de Independiente.

Leo era de Boca.

 

Shoshana le abrió la puerta sin golpear y le dijo “grererekegrerere” o algo parecido, que probablemente significaba que su impresora no funcionaba. Había algo en la rudeza de los israelíes qué, a pesar de los siete años que estaba en el pais, no terminaba de digerir. Los israelíes se autodenominan “sabras”, porque son como el fruto del cactus del mismo nombre: Espinosos por fuera y dulces por dentro. Pero Leonardo, por lo general, lo único que recibía en su relación con los locales eran todas esas espinas de mierda del trato diario.

Si bien tenía una licenciatura en lingüística, se ganaba la vida como encargado de computación en una empresa de sistemas de riego. Había llegado a ese puesto luego de ser lavaplatos, peón de albañil, lavador de carros y sereno en un supermercado. Y por supuesto, operario en la fábrica de caños de riego. Había envejecido terriblemente, se estaba quedando calvo a los 35 años. Mientras limpiaba el tambor de tinta de la impresora pensaba en su futuro que debía haber estado del otro lado del rodillo, en la letra impresa. No debiera estar ahi, debiera estar en un aula en la UBA, desnudando a Umberto Eco. Debiera estar en la asamblea del gremio, decidiendo un paro por el atraso en los sueldos, debiera estar en el subte, camino a Flores, camino a Palermo. Camino a cualquier estación donde le digan buen dia, donde lo entiendan, donde le vendan un Página 12. Camino a la casa de Miguel Ángel para que le explique qué cuernos es eso del riesgo-pais. Camino a la casa de sus padres.

Pero estaba en una fábrica cerca de Ofakim, camino a ningún lado, limpiando una impresora que escribe de derecha a izquierda y con una deuda de 30,000 schekels apretándole el cuello.

 

Al mediodía lo llamó Marta desde el celular, si podía comprar papel higiénico y huevos camino a casa. Y queso. Y tomates, manzanas, mayonesa y pan. Y korn-flex. Y shampú, también suavizante. Y pasar por el correo a revisar el apartado postal. Y retirar las fotos que ayer mandó a revelar, para mandarle a los abuelos un recuerdo fresco de los nietos que apenas si saben decir hola cuando hablan por teléfono.

A veces no sabía cómo decirle a Martita lo mal que estaban economicamente. Que todo era falso, irreal. Que en realidad no podían gastar ni un centavo en nada. Pero no lo hacía, por que ella se deprimía y era peor, y ya no le alcanzaba con esa voz interna que le decía: Todo va a estar bien, Leo. Necesitaba que esa voz le grite, que lo deje sordo repitiéndole que todo se va a solucionar. Entonces le agarraba un dolor inmenso en el pecho y se quedaba sin aire y pensaba que nada valía la pena.

Tristeza. Desesperación. Desesperanza. Los sitios habituales donde se le atascaba el alma. Ya ni se acordaba para qué era que quería vivir.

“Berequerereretreverererere!”, es decir, que la impresora aun hace una línea negra como su futuro en el medio de cada hoja y él sentado junto al teléfono, mirando esa pared delatora que en cualquier momento reflejará su conciencia al mundo entero dejándolo en ridículo.

 

A media tarde llegó Osvaldo.

-         Hijo de puta, no me llamaste!

-         Bueno, igual viniste. Es que tengo un dia de los mil demonios.

-         Yo también, no sabés lo que me pasó.

No sólo que no sabía, la verdad es que tampoco le interesaba. Sin embargo no lo confesó, y a pesar que estaba necesitado de descargarse con alguien y contar todas sus angustias financieras, le prestó oidos a Osvaldo y a su historia, que si somos objetivos debiéramos reconocer que era mucho mas horrible y angustiante que la de Leonardo.

A la media hora se fue nomás Osvaldo, sin enterarse que su viejo amigo del kibbutz Meggido, con el que repetían de memoria formaciones de equipos ganadores de copas Libertadores mientras ordeñaban vacas al amanecer, estaba desauciado. Leonardo se quedó solo, con la pared y la voz interior en silencio, con la hoquedad y las preguntas sin respuesta, con las impresoras y las impresiones ausentes y con la sensación que su vida estaba terminando.

 

-         Si vas a estar con esa cara de culo mejor quedate en tu trabajo, le dijo Martita mientras guardaba en la heladera el queso y la mayonesa. Los años le habían agregado canas y quitado pulgas y parecía que, de tanto adaptarse al medio, había contraído la rudeza propia del lugar.

Él no le contestó nada, no andaba con fuerzas para eso. Se sentó a mirar televisión con los niños y se durmió unos quince minutos, y aparentemente en ese lapso es que le explotó algo dentro del cerebro, se le cortó algún hilo infinitesimal que mantiene unidos todos los conceptos y valores e ideales y compromisos y se levantó casi de un salto, agarró la billetera y las llaves del coche y se fue dejando un silencio de estupor a su espalda, un pasado completo y sólido ahi, abandonado al final del pasillo.

No se despidió de sus hijos ni nada.

Subió al coche y se fue a Rahat.

 

Muchas veces había estado ahi, comprando pitas o carne roja. O visitando a Samiah, un operario de la fábrica que le había enseñado con mucha paciencia todo lo que había que saber en ese trabajo. Los beduinos eran gente afable y a pesar que a veces lo miraban mal él no les tenía miedo. Ahora viajaba con un objetivo claro: Salir del pozo. Terminar con esa cadena de deudas y préstamos y vivir trabajando para nada. No me van a creer, pero hasta parecía contento mientras manejaba.

Cerca de Samiah vivía Mahmud, otro operario de la fábrica y a él lo fue a ver. Eran casi las siete de la tarde. Mahmud se sorprendió mucho al verlo ahi, no eran amigos ni nada parecido y ese era un barrio peligroso. Leonardo fue al grano: Le dijo que tenía una deuda enorme y que quería que lo ayude. Mahmud dió muchas vueltas: apenas se conocían, no le tenía confianza. Leonardo empezó a hablar entre lágrimas, estaba desesperado. Le ofreció vender el coche, que era de la empresa, a un desarmadero, y luego denunciarlo como robado. Mahmud le explicó en perfecto hebreo:

-         Eso no te va a dar ni la quinta parte de lo que te hace falta.

-         Yo sé que vos me podés ayudar.

-         Yo te puedo ayudar, dijo Mahmud después de una larga inspiración. Hablaba exhalando y remarcando las jotas. - Yo te puedo ayudar pero no sé si se puede confiar en vos.

Tomaron café y hablaron durante dos horas. Luego llevaron el carro a un descampado y lo dejaron ahi. Siguieron a pie, casi un kilómetro, hasta las casas al lado de la ruta nueva que lleva al cruce Lehavim. Sin muchos recaudos entraron en una casa blanca con una planta alta a medio construir que parecía abandonada. Aparecieron dos tipos que los enfocaron con una linterna y los encañonaron. Hablaron con Mahmud y luego lo revisaron a Leonardo de pies a cabeza. Lo llevaron a un costado, le quitaron toda la ropa. Todo va a estar bien Leo, le decía su voz, ocupando cada neurona de su cerebro mientras lo toqueteaban y palpaban.

Luego bajaron al sotano donde funcionaba una célula pequeña del Hamas, que basicamente se encargaba de tareas de inteligencia para el comando Salah-A-Din-El-Qasam de Gaza.

Marta lo llamó a Osvaldo a las seis de la mañana. Lloraba y le explicaba que Leonardo no había vuelto en la noche. No tenía muchos teléfonos donde llamar. En casos de emergencia se nota mas el aislamiento.

Osvaldo le recomendó esperar, le prometió visitarla y trató de recordar mientras se bañaba si Leonardo le había dicho algo en particular en el encuentro del dia previo. Después se vistió y se subió a su tender con los cachicaches que lucían leads verdes y rojos, todos apagados.

Al dia siguiente se radicó la denuncia en la policía de Ofakim. Por alguna extraña causa los policias de Israel tienden a tomar dos posiciones diametralmente opuestas en caso de desaparición de personas: O se fue con una amante o lo secuestraron los terroristas. Casi ni se evalúa la posibilidad de un accidente de tránsito, de una fuga del pais, de un motivo vinculado a un delito común. O está en Eilat con una loca o es una víctima mas del interminable conflicto palestino-israelí.

 

A la semana llegaron los padres de Leonardo al aeropuerto Ben-Gurión. Marta los fue a buscar con una pareja amiga (los Kaufman) que le estaban dando mucho apoyo en estos dias terribles. Los chicos se habían quedado en la casa con la hija de una vecina, que le cobraba quince shekels la hora por cuidarlos. Pero no ese dia. Hoy no. Pobrecita Marta, ese desgraciado la dejó. Andá cuidale a los chicos, Eti, traelos aca, les hacemos pop-corn en el microondas y les ponemos un video. Pobres criaturas.

Con el paso de los dias comenzaron a asumir lo peor. La policía dejó de buscarlo: Si lo hubieran secuestrado, ya alguien se hubiera adjudicado el hecho. Si se hubiera ido con otra, lo hubiéramos encontrado. Cadaver no hay. Rastros tampoco. Del pais no salió. Señora, su esposo desapareció.

Y en parte todo hubiera quedado asi, de no ser porque casi un mes después aparecieron 120,000 sheckels en la cuenta del banco. Alguien los depositó en efectivo en una sucursal de Beer-Sheva. Y en realidad, era innecesario. Porque del trabajo hasta la estaban ayudando a Martita con un abogado, para acelerar el proceso de recibir el seguro, que más indemnizaciones y prestaciones alcanzaba y sobraba para cubrir la deuda, es decir que no hacía falta, Leonardo, recurrir a una medida tan extrema, ya ves que las cosas finalmente se arreglan y es una lástima, es una cosa terrible si uno lo piensa, mientras estacionás ese coche en el final de Allenby casi sobre la vereda del centro comercial Opera Tower, es terrible que pasen cosas asi y en el último de los casos podrías haberte suicidado solo en el medio del desierto en vez de hacerlo en pleno centro de Tel-Aviv.

Qué cosa terrible.


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