He oído la voz de la tormenta
la voz del miedo sentí gemido
volvió aquel grito tu voz serena
despertando al aturdido.
La hiel de la voz del olvido
sufrí en la carne de mi ostracismo
la voz que lapida al nervio vivo
la voz que detiene los latidos.
Oí la voz de la clemencia
la oí en mi silencio de niño.
Y la voz del necio, que reina.
Y la voz del cautivo.
Y oí tu voz lloviendo en mi oído,
escuché la música
saboreé tu aroma.
Y te amé siléntemente dormido.



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