Qué dulce placer
danzar con ese anciano
que veo en el espejo,
cómo él trata con dificultad
de imitar mis saltos de venado,
siento una ternura infinita
viéndolo sudar.
Qué pensarán esas chicas,
extraño dúo
el anciano del espejo
y yo,
nos contoneamos
como podemos,
deleitados de nuestros
cuerpos,
importando actitudes
y exportando misterio,
luego yo me voy a beber
y él, no sé,
se debe de quedar
muy sólo.